"Ustedes todos, ustedes todas, héroes plurales, honor del género humano, único orgullo de lo que sigue en pie sólo por ustedes" J.E. Pacheco

 

El terremoto que golpeó a la Ciudad de México, los estados de Puebla y Morelos el pasado 19 de septiembre puso de manifiesto viejos temores.

En esa misma fecha se conmemoraba el 32 aniversario del terremoto del 1985, que dejó miles de muertes en ese entonces; además, el país aún se recuperaba del shock por la devastación que causó en Oaxaca y Chiapas un terremoto acaecido en días recientes, doce para ser exactos. 

El miedo, como sabemos, es una de las emociones más fuertes que podemos experimentar. Cuando sentimos miedo, el cerebro sufre una serie de cambios fisiológicos que comienzan en el sistema límbico, el encargado de regular las conductas relacionadas con la huída, la lucha o la conservación. Se acelera el ritmo cardíaco, aumenta la presión arterial, incrementa la tensión muscular, las pupilas se dilatan y se detienen las funciones no esenciales del organismo.

Si primero se vivió el miedo de perder la vida al momento del sismo, después vino el temor y la desesperación en la búsqueda de familiares, amigos y seres queridos. En este sentido, las redes sociales se volcaron para informar en tiempo real lo que ocurría y tratar de canalizar la información de la manera más oportuna y certera posible. 

El miedo nos vuelve vulnerables y más receptivos a la información del exterior, por ello es usado también para manipular, desinformar y orientar a tomar decisiones emocionales y durante esta emergencia abundaron. Se presentó el fenómeno de las “fake news”, mensajes por vía WhatsApp, principalmente, en donde se informaba de un nuevo temblor, de mayor magnitud, empero, rápidamente fueron contenidas por mensajes de usuarios, medios e instituciones para resaltar que no hay forma de predecir un temblor.

Así como el miedo hizo su aparición, el enojo fue otra de las emociones que se manifestó con mucha fuerza. El caso de Frida Sofía, fue de los más indignantes entre la opinión pública por varios motivos: la exagerada cobertura mediática que también movió sentimientos como la angustia, la alegría, la esperanza; la falta de información confiable: ¿dónde están los padres? ¿Cuántos niños estaban con ella?; la falta de coordinación entre autoridades, por lo que la Marina tuvo que salir a ofrecer una disculpa pública, luego de que se confirmara que existía la mencionada niña.

La clase política también dio mucho de qué hablar, entre su “desaparición” ante la emergencia, la presunta retención de ayuda para los damnificados que, de acuerdo con usuarios de redes, sería entregada para tiempos electorales o incluso con propaganda del gobierno. Asimismo el reclamo de que el financiamiento a partidos políticos se usara como fondo para la reconstrucción de viviendas, que obligó a los dirigentes nacionales pronunciarse al respecto.

Si bien las emociones negativas se hicieron presentes, las positivas también se dejaron sentir y fueron más fuertes que las otras. La solidaridad y unión de ciudadanos de todos los estratos sociales conmovió no sólo a propios, fue abordado por medios internacionales. Los millenials demostraron que no son una generación apática cuando se trata de ayudar. 

Como en el 85, las autoridades se vieron superadas por la fuerza de voluntad de una sociedad organizada e informada que puso todo su conocimiento y técnica al servicio de la población. Esta vez, no sólo los humanos fueron protagonistas, “Frida”, la perrita rescatista, fue la figura emblemática que ha dado esperanza y fuerza en estos momentos de pesar. 

El 19 de septiembre será recordado como una de las catástrofes naturales más trágicas que ha vivido el centro del país pero también donde, de nuevo, la sociedad civil demostró que es capaz de organizarse para dar apoyo y esperanza ante la incertidumbre de perderlo todo y el miedo de vivir una experiencia tan estremecedora.

Y recuerden El Cuerpo No Miente...

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