El estudio de las emociones cubre un campo amplísimo de investigaciones y análisis desde diversas áreas académicas. Además de la psicología, sociología,  antropología, también la política, de la mano de las neurociencias, se han interesado en conocer cómo las emociones impactan en las audiencias, actores sociales y políticos.

Uno de los pioneros en este terreno ha sido Paul Ekman, quien ha estudiado en profundidad la expresión facial de cada emoción y comprobó que existen emociones básicas o primarias inherentes a todos los humanos, cuyos gestos característicos están presentes en todas las culturas.

La mayoría de los estudios relacionados con las expresiones faciales de la emoción, se han centrado en ellas como parte de un proceso de comunicación social.

Sin embargo, dos investigadores de la Universidad de Toronto, Adam Anderson y Joshua Susskind, llevaron sus estudios más lejos para comprender los motivos de la expresión emocional a partir de la idea de que las expresiones faciales nos dan una ventaja para sobrevivir y que fue propuesta por primera vez por Charles Darwin.

En 1872, 13 años después de que publicase “El origen de las especies”, Darwin escribió un libro menos conocido, “la expresión de las emociones en el hombre y los animales”. En él, indicaba que algunas expresiones humanas se dan independientemente de la cultura e incluso en otros animales. Citaba el grito sofocado con los ojos como platos como ejemplo. Darwin sugería que estas caras emocionales podrían tener una función biológica, como tener una buena visión de un enemigo.

Los investigadores generaron por ordenador una clásica cara de miedo: una con las cejas levantadas, ojos como platos y aletas de la nariz ensanchadas. También imitaron una cara de asco: la nariz arrugada, el labio levantado y ojos estrechados tan familiares para el que haya olido huevos podridos. Asimismo crearon una cara de felicidad y otra de tristeza. El equipo les pidió a los voluntarios que imitasen estas caras mientras se tomaban mediciones de respiración y visión.

Sus investigaciones arrojaron que las gesticulaciones de miedo y asco tendrían un propósito más allá de la comunicación social como la felicidad y la tristeza, que es contribuir a una mejor percepción sensorial que garantice la supervivencia.

El equipo encontró que la expresión de miedo daba como resultado una notable ampliación de la visión periférica, mayor rapidez en los movimientos oculares y aumento del ritmo respiratorio, respuestas que contribuyen a percibir y responder inmediatamente al peligro.

Por su parte, la expresión de asco, por el contrario, limitaba la visión y el ritmo respiratorio lo que contribuiría a evitar que sustancias nocivas lleguen a ojos y pulmones.

Este trabajo fue el primero en demostrar que la expresión de miedo,  por ejemplo, mejora la percepción sensorial, condición que de acuerdo a la ciencia ayudó a nuestros antepasados a sobrevivir y que constituye una función anterior a la de comunicación social.

Estudiar la expresión de las emociones nos permite saber que los gestos que realizamos tienen como base orígenes biológicos lo que hace que cuando nos emocionamos nuestras percepciones respecto a  nuestro medio ambiente se vean alteradas. Es por ello que los colores, olores y sonidos de una situación determinada los vivamos de un modo muy especial y personal.

Recuerden El Cuerpo No Miente

 

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