Este 2018 es un año retador para la comunicación política en México, sobre todo en lo que respecta a las plataformas digitales por una razón muy poderosa: están en constante reinvención.

Los algoritmos cambian, los formatos de contenido se renuevan,  la utilización de bots para diferentes funciones se incrementa (no sólo son herramientas para la guerra sucia), los medios digitales críticos amplían su presencia, las crisis de comunicación están a la orden del día y no perdamos de vista el ingenio de los usuarios que pueden hacer de la “más brillante” propuesta electoral, un chiste. En esta dinámica ciertamente no todos los equipos de campaña salen bien librados.

Si alguien aún se pregunta por qué hay que prestar atención a las plataformas digitales en estas elecciones, aquí unos datos: AMIPICI publicó en su estudio más reciente que 6 de cada 10 entrevistados consideran que internet los acerca a los procesos democráticos que acontecen en el país, mientras que 9 de cada 10 internautas interesados en estos procesos estarán pendientes de esta información en línea. Esto implica que, si bien no se ganan elecciones en redes sociales (aunque el caso de Cambridge Analytica nos obliga a replantear la rotundidad de este supuesto), no cabe duda que son un poderoso medio para construir o modificar una imagen y la reputación pero sobre todo para posicionar nuestro mensaje de campaña.

Aquí cabe hacer una anotación importante: esté o no esté un candidato en una red social, ya cuenta con una reputación inicial, en menor o mayor medida se habla de él y se generan conversaciones entorno a su figura. Tener presencia online nos da la ventaja de manejar y cuidar su imagen, aprovechar los positivos y contener los negativos, darnos a conocer de una forma eficaz.

Sin embargo, un error común en el que muchos equipos caen es usar las redes sociales a diestra y siniestra, abrir cuentas aquí y allá sin seguir una planeación estratégica, es decir, no tomar en cuenta para qué sirve cada plataforma. Sin esta visión, se puede llegar a tener el efecto contrario: minimizar el alcance y la interacción que deseamos generar.

Construir una identidad digital también requiere la aplicación adecuada de los principios más básicos de la comunicación política, por ejemplo, un buen storytelling. Como mencionábamos, todos los días hay una lucha por ver quién presenta de forma más creativa las propuestas, slogans o mensajes de campaña. Sin embargo, un político sólo podrá diferenciarse del montón construyendo una marca personalizada, es decir, que lo distinga de sus pares del mismo partido, los que van al mismo cargo  y que conecte emocionalmente con los usuarios objetivo. Que sea reconocible.

Por supuesto que no es tarea fácil. Por ello, se hace imperativo apostarle más a la táctica que a la improvisación (que no es lo mismo que espontaneidad), tan tentativa en el entorno digital con el bombardeo al que todos los días estamos expuestos pero que puede traer más memes que adeptos. Veremos cómo se van desarrollando estas campañas que apenas empiezan.

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